«MIRADA DE ESPEJO»: UNA MAREA DE REFLEJOS


Recientemente pude tener en mis manos el poemario Mirada de espejo de María Luisa Angarita, de cuyo talento para las letras ya he podido disfrutar en otras ocasiones. Con esas experiencias anteriores, me resultó lógico y previsible preguntarme con qué artificios de su alma poética me maravillaría esta vez. A lo largo del texto encontré no una, sino varias respuestas a esa pregunta. Ahora bien, pese a ser una difícil elección, hay un aspecto en el que me quiero centrar: el amplio margen de definición de lo que es una mujer.

Si nos fijamos en el contexto cultural que nos rodea hoy en día, no tardaremos en ver que la normativa, al momento de definir el rol femenino, indica que sea plasmado con empoderamiento y libre de cualquier rasgo tradicionalmente asociado a él. No me detendré a discutir sobre esta tácita regla; la dejaré para otra oportunidad. ¿Por qué mencionarla, entonces? Pues porque nos brinda un punto de partida para apreciar el agudo instinto de nuestra poeta.

El centro de Mirada de espejo es, precisamente, una mirada que reconstruye una y otra vez la esencia femenina. Así, el espejo que es la voz poética se dedica a mostrarnos varios reflejos. En algunos poemas el reflejo es bastante liberal:

“Después de los ’90

las mujeres ya no piensan

en los hijos o en las flores,

no se creen los cuentos de amor

ni van por la vida como por un bosque”.

(«Manifiesto de Ally McBeal»)

En cambio, otros nos brindan una perspectiva más clásica, más conservadora. Tal es el caso de «Una mujer», en cuya última estrofa la voz poética se atreve a decirnos lo siguiente:

“Es mujer pues en su esencia

vive una llama:

la resignación de que algún día

aunque no quiera

se hará cargo de una casa”.

Plantear de ese modo la esencia femenina, en el panorama actual, es un ruido; pero un ruido interesante que propone un mayor abanico de posibilidades gracias al contraste con otras voces dentro del libro.

¿Cuál de todas ellas refleja la visión real de la autora?, se preguntaría alguien. Es una interrogante insustancial, porque precisamente todo autor entra en el juego del desdoblamiento: la obra refleja un mundo ideado por el escritor, pero no es el escritor en sí. De ese modo, más que buscar la voz verdadera hay que detenerse a escucharlas todas; a apreciar esos sonidos que nos llegan al oído y que intentan definir a la mujer desde el interior de la voz. Esa es la mirada de espejo que vamos encontrando a lo largo del poemario y la que su brillante autora quiere que veamos a través de nuestros ojos como lectores.

Así pues, los reflejos son múltiples, y se multiplican aún más con nuestras experiencias e interpretaciones personales. Todo ello configura una propuesta que se destaca y que, sin dudas, nos seguirá pareciendo fresca muchísimo después de cien lecturas. Esto contribuirá a cumplir la eternidad de la que nos habla el último poema del libro, «Cuando suceda mi muerte»:

“cuando al fin la muerte me arrebate de este plano

habrás de encontrar mi voz entre estas páginas

te refugiarás en mis versos

y me harás eterna”.



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