Y es aquí, sentada en el suelo de la casa con las moscas revoloteando encima de mi cabeza,
que quizás me doy cuenta de la cuenta regresiva hacia la muerte lenta y dolorosa
¿cuantos días de inanición faltan, cuantas horas, cuantas malditas horas para llegar gritando
de felicidad al día de mi muerte?
Estas moscas me avisan que quizá esta cerca ese día, pero es como la promesa bíblica de un paraíso que se encuentra a las puertas pero que nunca llega,
el asco golpeando la lengua, la soledad quejándose de sus propias penas.
Y que hago yo en este laberinto, como lleno los rincones si mis labios escupen sombras
como escalar los muros si siempre fui fuego derritiendo la madera,
en este espacio, en este corto espacio soy un Sisifo rodando, rogando por un trozo de dopamina.
Y después el silencio, vuelta a pelear con mi reflejo, huir de mis propios miedos
huir, siempre huir porque es lo que aprendí desde que mis ojos se toparon con otros muertos.
No hay respuestas para la vida, no hay nada.
VIVIR, VIVIR, VIVIR y luego que, el silencio en la llamada, el vacío en la historia, mi nombre en otros labios que serán otras personas, mi nombre repetido, repartido un millón de veces por el mundo,
mi nombre prostituyéndose, mi nombre saltando desde un paracaídas, mi nombre en el mar, en el bosque, en la arena, en una noche y de mí nada.
De mí ni un recuerdo,
de mí un vacío sin memoria que camina suelto.
Ni siquiera estás moscas, que hoy vuelan, ni la mariposa blanca que revolotea,
ellos y yo cerramos los ojos y la vida nos transcurre entre el llanto y la quietud,
entre la calma y el desasosiego.
Irremediablemente no seremos nada, solo vacío suelto en la historia, cosas que nombras, personas que nombras y que cambian de rostro,
de nosotros nada, de lo que fuimos ni polvo ni esperanza,
de nosotros ni ruido, ni canto.
De nosotros silencio llenando los espacios.
—Adriana Martínez
En mi propuesta de analizar poemas de otros autores (hecha en enero) recibí un texto muy interesante de la autora Adriana Martínez. Luego de varias lecturas siento que hay algunos puntos que me gustaría comentar, y es lo que haré en esta ocasión.
Primeramente, hablaré de las moscas. Estos insectos, por definición y costumbre, están asociados con la descomposición en general, de la cual se desprende la muerte. El poema no se aleja de esta visión, sino que, en lugar de ubicarlas en un contexto directo de fallecimiento, las convierte en un recordatorio constante:
Y es aquí, sentada en el suelo de la casa con las moscas revoloteando encima de mi cabeza,
que quizás me doy cuenta de la cuenta regresiva hacia la muerte lenta y dolorosa
Las moscas le
recuerdan a la voz poética la existencia del conteo hasta el último día. No
están por allí cerca, sino encima de ella. Así permanecen a lo largo del texto,
como una presencia ineludible. Son el anticipo de un suceso que aún no ocurrirá
(no lo veremos materializarse en ningún momento, de hecho), pero que está atado
a la condición humana.
Ese suceso, la
muerte, nos lleva a otro aspecto muy particular. Adriana Martínez no emplea
este concepto con tono nefasto, tan normal en la literatura; por el contrario,
lo plantea como un escape. La voz que nos habla se pregunta cuántas horas
faltan “para llegar gritando de felicidad” a su muerte. Este pensamiento es
natural y hasta lógico en quien ya no encuentra vías para escapar de un
encierro miserable, descrito en los siguientes versos:
Y que hago yo en este laberinto, como lleno los rincones si mis labios escupen sombras
como escalar los muros si siempre fui fuego derritiendo la madera,
en este espacio, en este corto espacio soy un Sisifo rodando, rogando por un trozo de dopamina.
A diferencia de
lo que le pasa al conocidísimo Hamlet, la voz del poema tiene mucha más clara
su elección. No se cuestiona si el más allá es un peligro; tan solo vislumbra
la posibilidad de huir definitivamente.
Un último aspecto
que concluye de forma magistral el poema, al menos en la opinión de este
servidor, es la intrascendencia. Es un tema que vemos en uno de los últimos
versos: “Irremediablemente no seremos nada, solo vacío suelto en la historia,
cosas que nombras, personas que nombras y que cambian de rostro”. El ser no se
perpetúa; se diluye entre la memoria y sus limitaciones. No hay, por lo tanto,
un cierre esperanzador, sino un claro recuerdo de que al final únicamente
dejaremos un “silencio llenando los espacios”.
Ni Adriana ni yo escaparemos a la regla de la intrascendencia. Pero qué hermosa la manera en la que los versos de esta autora nos recuerdan esa certeza atemporal.
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