Y llamaron a Lot, y le dijeron: "¿Dónde están los varones que vinieron a ti esta noche? Sácalos, para que los conozcamos".

Génesis 19:5


El despacho está en silencio. Solo se oye la pluma sobre la hoja.

El párroco no aparta los ojos de la carta. El mundo se ha corrompido; hay que actuar. La Palabra liberará a los espíritus apresados.

Desde el pasillo llega el estruendo de unos pasos. Un golpe en la puerta le saca al párroco una mueca de disgusto. Uno más le hace soltar la pluma con violencia.

—¡Adelante! —grita.

Entran cuatro individuos. Dos de ellos sujetan por la fuerza a un tercero que patalea. El otro, siervo del párroco, da un paso adelante.

—Señor, hemos atrapado a este hombre en medio de actos inmorales —dice solemnemente.

—¿Pecado? —pregunta el sacerdote.

El siervo se acerca y susurra una palabra en el oído del párroco, que deja salir un gruñido.

—¿Y el otro?

—Se nos escapó. Pero pronto lo encontraremos.

El sacerdote asiente sin quitar la mirada del condenado. Luego la dirige a uno de los cuadros de la pared.

El incendio de las dos ciudades depravadas le arranca una sonrisa.

—Al fuego —ordena.

Tras la reverencia del siervo los dos hombres se llevan al reo, que se aleja maldiciendo, y abandonan todos el despacho.

El eco de los gritos despierta en el párroco un recuerdo. De uno de los cajones del escritorio saca una pequeña prenda. La huele profundamente.

El aroma de la inocencia perdida, plasmado en las manchas de la tela, le hace anhelar un nuevo encuentro.

Suspira, seguro de una pronta complacencia.

Se seca la baba con una de las mangas de la sotana, guarda la prenda y retoma el escrito. 



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