El cuento «Las dos Chelitas», de Julio Garmendia, está construido sobre una serie de oposiciones que convergen paralelamente, se relacionan y acaban construyendo todo el tejido de la narración. El contraste se desarrolla entre dos elementos opuestos que, sin embargo, se encuentran dentro de una misma categoría narrativa. En este artículo nos centraremos en estudiar la tensión que emerge como producto de sus diferencias, considerando cada una de las categorías por separado.
Chelita la de acá, Chelita la de enfrente
Las dos niñas representan la primera categoría. Esto se ve justificado por el cuento mismo: "Chelita tiene un conejito; pero Chelita la de enfrente tiene un sapo" (p. 109). Este es el primer bloque del relato, y ya en él está contenida la idea de oposición (a nivel específico, desde luego). El resto del párrafo también es de sumo valor para nuestro análisis:
"Además de su conejito, tiene Chelita una gata, dos perros, una perica y tres palomas blancas en una casita de madera pintada de verde. Pero no ha podido ponerse en un sapo, en un sapo como el de Chelita la de enfrente, y su dicha no es completa" (ídem).
En esas líneas está contenida toda la información necesaria para establecer el contraste.
Vayamos primero con las semejanzas: el nombre y la edad (si bien no se especifica, podemos deducir que es parecida). Ambas Chelitas tienen una o más pertenencias, pero no son las mismas; ambas viven en el mismo lugar, una frente a la otra. Todo eso configura una equivalencia entre las dos que permite incluirlas en una misma categoría y, a la vez, oponerlas entre sí.
De ese modo, el cuento desprende ya desde sus inicios un aura de conflicto. Justo después del primer párrafo comienza, mediante un diálogo, el intento de negociación de la primera Chelita para obtener el sapo. Un intento que fracasa durante todo el tiempo en el que ella permanece con vida.
Más allá de la pelea por el sapo, ambas niñas son un dúo en permanente oposición. Y esta, como vimos, no comprende solo la carencia o posesión del animal.
Conflicto, resolución
La segunda categoría está compuesta por los momentos del cuento, esto es, por las secciones temporales en las que se puede dividir la historia. Por ahora dejaremos de lado los rasgos del tiempo narrativo, los cuales tendrán cabida más adelante.
«Las dos Chelitas» está dividido en tres partes. Sin embargo, vamos a trabajar con otra división. Concibamos la narración en dos momentos. El primero de ellos es el del conflicto entre las niñas; abarca únicamente la primera parte. El segundo momento es el de la resolución o desenlace; dentro de él incluiremos las dos partes restantes.
En ese sentido, la oposición en esta categoría se fundamenta sobre la historia del cuento. Mientras que en el primer momento se libra la fallida negociación entre Chelita la de acá y Chelita la de enfrente, en el segundo ya ha sido resuelta. Increíblemente, el resultado juega a favor de la primera Chelita. Pero ello se debe a su muerte, que constituye otro punto de contraste. En el primer momento está con vida. En el segundo se revela que ha muerto; de hecho, ni siquiera se muestra su fallecimiento, sino que este es referido por el narrador.
Desde una perspectiva más amplia, el triunfo de Chelita la de acá implica muchas más oposiciones. En realidad, no es que simplemente obtenga el sapo, sino que todo lo que en un principio ofreció a la otra Chelita acaba en manos de esta última. Por ende, hay una inversión de pertenencias. La dueña del sapo es ahora Chelita la de acá; todo lo demás pasa a manos de Chelita la de enfrente.
Lo anterior puede ser considerado un pequeño cambio de identidades, si supeditamos la identidad personal a las posesiones materiales. Los personajes no son lo que fueron; tampoco están ya en el mismo plano. Han cambiado de momento, y, por lo tanto, también de esencia (no en su totalidad, mas sí en buena medida).
El testigo, el partícipe
La última categoría está compuesta por los narradores. Una lectura detenida permite apreciar un cambio en la segunda parte respecto a la voz que relata. Esta deja de utilizar la tercera persona para usar la primera, con lo cual consigue involucrarse en la historia y hacerse partícipe de los hechos. Aun cuando no se precise su identidad, podemos asumir que es otro narrador. Posteriormente, en la tercera parte, vuelve la voz narrativa original.
Las voces se oponen en dos aspectos. El primero es la persona usada. El segundo es el tiempo de narración: la primera voz usa el presente, mientras que la segunda opta por el pretérito perfecto simple. El cambio en el tiempo verbal resulta curioso, cuando menos, puesto que contrasta con el orden temporal del argumento. La segunda parte sucede luego de la primera, pero está narrada en un tiempo semánticamente anterior.
Por supuesto, podríamos hablar de un tercer punto de contraste; esta vez, en el grado de participación. Tan solo el segundo narrador está realmente dentro de la historia. El primero se limita a relatar desde la perspectiva de la primera Chelita, con lo que se justifica el complemento "de enfrente" al referirse a la otra niña. El único juego que se permite tiene lugar durante la primera parte:
"Tampoco puede usted encerrarlo, porque ya entonces el sapo no se sentiría feliz, y esto querría decir que usted no lo ama" (ibídem, p. 110).
En esas breves líneas el primer narrador usa la segunda persona, con un cierto grado de formalidad, para dirigirse al lector. Es un juego que no se repite. Al margen de todas las interpretaciones, representa un momento fugaz de interacción que rompe por un instante el limitado papel de testigo que hasta entonces ha tenido, sin llegar a involucrarse en la misma proporción que la otra voz narrativa.
Tenemos, así, tres líneas de oposición entre los dos narradores. Ambos toman su rol dentro del cuento sin interferir ni comunicarse entre sí, al mismo tiempo en el que mantienen características suficientes como para diferenciarse del otro.
Si tuviéramos que establecer una jerarquía entre las categorías, el orden más adecuado sería el inverso del que hemos usado. La oposición entre los narradores iría primero; luego, la de los momentos; por último, la de las Chelitas. De cualquier forma, todas las oposiciones trabajan al unísono, en perfecta armonía. Y de su unión nació uno de los textos más entrañables de la literatura venezolana.
REFERENCIAS
Garmendia, J. (1990). La Tuna de Oro (4ta edición). Caracas, Venezuela: Monte Ávila Latinoamericana, C.A.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

0 Comentarios