El aire del patio se teñía
con sinfonías de juegos y travesuras.
Tú en el banco del rincón permanecías ajena,
como extranjera de tierras vedadas,
con los párpados tiesos y la postura encogida.
Yo te busqué una lila callada
en el jardín junto al santo de madera.
La quise dejar en tus manos,
que se negaron a escucharme.
Todavía recuerdo el aroma fatal
de la figura negra que fue a recogerte.
Todavía veo tu rostro frío
recortado en la ventana de un coche
que desafiaba al atardecer encendido.

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