El reloj de mi muñeca me incita a la prisa.
Arriba la noche exhala su último aliento.
Un chofer se detiene a mi señal.
La barba gris cuenta la historia que calla la cabeza desierta.
Entre los dedos sobre el volante se cuela un cigarro.
La calle es un manojo de destinos que se juntan sin mezclarse.
Un niño de rojo llora nervioso agarrado de su madre.
¿Quién es la señora recelosa que cuenta los billetes antes de pagar?
Las tiendas saludan al nuevo día.
Un buhonero empuja su carrito de trabajo
—el mismo de ayer, el mismo de mañana—
por la avenida dormida
—la misma de ayer, la misma de mañana—.
En una bomba vacía pido la parada
y me entrego a la rutina voraz.

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