EL CUARTO DE LAS HERRAMIENTAS 🛠

a Karen Moreno


Hasta las estrellas perderán su brillo

en el incómodo silencio del final.

—Jean Leroy, Las miradas que se bifurcan.



Es el compadre Juancho. Déjese de pendejadas y arréglese.

Carlitos no estaba feliz, pero no se atrevió a decirme nada. Tampoco lo hizo en el camino. Iba en la mula callado y como pensando. A la mitad nos cruzamos con José Alejandro, hijo del mejor cervecero del pueblo. También iba al velorio. Quién lo diría, señor Carlos (siempre me decía "señor", aunque tenía casi mi edad); se nos fue el Gallo de Oro. Sí, compa; ninguno se salva

Llegamos cuando el sol estaba bien alto. Llevamos las mulas a la granja y las dejamos amarradas ahí. Había bastante gente en la casa: vecinos, niños, conocidos de otros pueblitos. Me quité el sombrero en el cuarto de Pancha. Estaba sentada junto a la cama, llorando como una niña. Qué cosas, Pancha; se nos fue el compadre. No sé qué me respondió; no la pude entender por el llanto. Solo me santigüé y recé por ella.

Encima de la cama estaba Juancho..., lo que alguna vez fue Juancho. Hasta en la muerte tenía el bigote peinado. Era su gran orgullo, lo recuerdo muy bien. Decía que el bigote hace al macho; por eso nunca me lo rasuro, compa. Un ejemplo de hombre para todos: humilde, trabajador, dedicado a su familia y colaborador como nadie más en el pueblo.

Le hice una seña a Carlitos para que fuera a mirar. Él se negó. Lo hubiera arrastrado yo mismo si no hubiesen llegado de sorpresa las hermanas del compadre. Entre ellas ocuparon casi todo el espacio alrededor de Juancho. Por respeto me quité. Después me llevé a la fuerza a Carlitos fuera de la casa.

En la granja le di dos buenas bofetadas; luego una más por responderme. Véame a la cara. Usted es un malagradecido. Me miró de frente. Esta vez no dijo nada. 

Los animales estaban en silencio. A lo mejor también sentían la partida de Juancho, quién sabe. Uno de ellos se levantó y caminó hacia donde Carlitos. Él no lo vio; tenía los ojos puestos en el cuarto de la esquina. El cuarto de las herramientas. Ahí Juancho guardaba sus cosas de la granja y todo lo que él decía que le serviría algún día. Pancha le contestaba que solo acumulaba basura y peleaban. Al final Juancho juraba que iba a botar todo lo recogido. Era mentira.

El cuarto por dentro se veía igual que siempre. Cada cosa seguía en su sitio, hasta la mesa donde Carlitos dejaba su morral cuando trabajó con el compadre. Yo estaba en cama por un problema en las piernas. Mi esposa no sabía hacer nada; le tuve que decir al chico que saliera a buscar algo. No le fue bien. Fue Juancho el que le ofreció trabajo. Carlitos no aguantó mucho; a los pocos días no quería ir más. Si deja el trabajo mejor no vuelva a mi casa. El muchacho nos dejó de hablar; tampoco quería comer. Aun así, se quedó hasta que me pude parar.

Al rato volvimos adentro. Quería ver el cuarto del compadre. Allí hablé por última vez con él. Esta es la despedida, compa. Yo no le presté atención; le dije que se dejara de esas vainas. Pero Juancho tenía razón.

El cuarto estaba vacío. De lejos se escuchaban las mujeres llorando. Carlitos se quedó en la puerta. Solo se acercó cuando me vio sacando una pistola guardada en el escritorio de Juancho. La consentida del compa. Todavía tiene carga. Juancho la había comprado por si un día iban a hacerle daño a su casa. Casi nadie conocía el escondite, y los que sabían no se acercaban a revisar; ni siquiera Pancha. El compadre nunca tuvo que usar el arma, pero siempre estaba preparada.

Puse la pistola en su sitio y nos fuimos del cuarto. Afuera me encontré uno de los sobrinos pequeños de Juancho. Lo están buscando, señor. Me fui con él a la sala. Era el compa Miguel, viejo amigo de nosotros. Tenía el sombrero en la mano. No puedo creer que se haya muerto el Gallo, compa. Yo tampoco, compa Miguel; yo tampoco. Me apretó la mano y salimos de la casa.

La calle estaba en silencio. La gente nos saludaba al pasar; algunos entraban a hablar con Pancha. El compa Miguel me preguntó cómo murió el Gallo. Según que fue un infarto. Yo sentía que era otra cosa; Juancho bebía mucho y era difícil no verlo con un tabaco en la boca. Pero cómo iba a decirle algo así al doctor: vino corriendo a ver al compa, y eso que era de noche. Ese doctor era un santo; hizo lo que pudo.

Uno.

Dos. 

Tres.

Tres tiros escuchamos. 

El compa y yo entramos corriendo; chocamos con varias personas. Los niños estaban llorando. Todos se habían salido del cuarto de Pancha, menos ella y Carlitos. 

Pancha estaba tiesa en una esquina. Se veía pálida y como que le faltara el aire. 

Carlitos estaba frente a la cama, la pistola en la mano.

Juancho seguía igual. Aunque ahora tenía tres agujeros en el cierre del pantalón y un pozo de sangre entre las piernas.


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