Por alguna razón que no consigo recordar,
llegué tarde. La casa estaba a rebosar de invitados, todos ellos muy elegantes
(quizá con la excusa de querer mostrarse solemnes ante la ocasión).
La feliz pareja se encontraba en el salón
principal, rodeada de varios de los invitados. Ella alimentaba al bebé con su
pecho. A él lo reconocí gracias a las fotos que había visto unos días atrás.
Contemplaba a la esposa y al bebé desde la parte trasera del mueble. Se le veía
risueño, cándido, enamorado de la paternidad. Más allá de ellos había una mesa
repleta de regalos. Entre estos estaba uno que se alzaba imponente frente a los
demás gracias a su gran tamaño. Procuré colocar el mío, bastante modesto, lo
más lejos posible de ese.
A continuación me presenté ante la pareja.
Claudia se emocionó como una niña. Que cuántos años sin vernos, que ya pensaba
que no iría; que claro que iba a ir, que cómo me lo podía perder; que cambiara
de trabajo, que me estaba exprimiendo sin descanso; que sí, que algún día lo
dejaría. Su esposo salió apurado a mi encuentro. Se presentó con todas las
formalidades que se le ocurrieron. Buscaba mi aprobación; la aprobación del tío
favorito de Claudia, el tío Cara-de-Piedra. Mostré un talante impenetrable,
como se esperaría de mí en un caso así, y le apreté firme la mano. Entendió
perfectamente mi mensaje; lo pude leer en sus ojos azules. Tras el saludo me
invitó a tomar asiento con ellos, pero lo rechacé; quería ir a saludar a los
afortunados abuelos.
A mi cuñada la encontré en la cocina, su imperio,
como ella misma lo llamaba. Órdenes a raudales le salían de los labios
acompañadas de sus característicos gestos con las manos. Los cocineros y
sirvientes las atrapaban al vuelo para ejecutarlas. En algún momento se le
deslizó alguna reprimenda; aunque leve, porque aquel día nada podía dañar su
alegría, más que evidente. Pocas veces me había abrazado tan contenta como en
aquella ocasión. Que si había visto al bebé, que era una preciosura, que no
había una abuela más enamorada de su nieto; que no, que no lo había visto del
todo bien, pero que claro que era un bebé precioso.
A mi hermano lo encontré en el patio,
fumando tabaco con algunos de nuestros viejos amigos. No pude rechazar la
invitación de unírmeles; de todas maneras, tenía tiempo sin fumar, así que me
merecía una recompensa. Aquel era el mejor tabaco de su vida, me juró él. No
todos los días se fumaba en honor de un nieto, le respondí yo, con lo cual
estuvieron de acuerdo los demás.
Más tarde uno de los sirvientes nos indicó
que entráramos. Vi a mi hermano apresurarse, seguido de los otros. Yo di una
última bocanada antes de hacer lo mismo. Todos estaban congregados en la sala.
Era la hora de abrir los regalos, tal como explicó mi cuñada. Los invitados,
uno a la vez, debíamos tomar nuestro regalo y abrirlo. Ya que el bebé no se
hallaba presente (lo habían acostado en uno de los cuartos del piso superior),
solo los padres recibirían los obsequios.
Luego de varios invitados, le tocó el
turno a Armando, el hijo de mi hermana Luisa. Supe entonces que el regalo
enorme era de él. Con mucho ánimo lo abrió y presentó su contenido ante la
pareja: un par de piezas de ropa, un sombrero azul, unas zapatillas; todo de
excelente calidad, por supuesto. El esposo de Claudia pareció contento con el
obsequio; ella se mostró sorprendida, casi abrumada. Vinieron dos invitados más
antes de que fuese mi turno. Tímidamente revelé el juguete que había comprado:
un coche de madera más pequeño que un puño. Claudia saltó de alegría al verlo y
me lo quitó de las manos. Entre lágrimas me dio las gracias. Había reconocido
el diseño del coche, exactamente igual al que alguna vez le obsequié cuando era
niña; un regalo que desconcertó a todos en aquella oportunidad, pero que ella
adoró. Ninguno de los regalos que vinieron después pudo provocar la misma
emoción. Fue un triunfo que saboreé.
Cerca de la medianoche la multitud estaba
dispersa. Se habían formado grupos pequeños y grandes que conversaban con las
copas en las manos. Algunos -muy pocos- prefirieron sentarse solos. Yo me
encontraba de vuelta en la cocina, charlando con mi cuñada. En medio de un mar
de conversaciones superficiales pude enterarme de que algunos compromisos de
trabajo le habían impedido a Luisa asistir a la reunión. Que los tres hermanos
éramos iguales, que a los tres nos gustaba vivir de cabeza en el trabajo; que
sí, que lo heredamos de papá, que él siempre nos educó de esa forma. De pronto
nos interrumpió un ladrido. Venía de Pelusa, el poodle que mi hermano le
regaló en su luna de miel, creyendo erróneamente que sería un detalle
espectacular. A esa hora Pelusa acostumbraba ir al árbol del patio para liberar
el estómago, acompañado por su dueño. Para evitarle a mi cuñada la búsqueda del
esposo, me ofrecí a llevarlo yo.
El perro estaba encerrado en un cuarto del
pasillo. Al verme movió la cola, contento de abandonar el cautiverio. Mientras
me miraba expectante, me apresuré a ponerle la correa que me habían dado.
Segundos después salíamos a la fría noche del patio. De inmediato Pelusa fue
hacia el árbol. Lo olfateó, lo rodeó; luego alzó una pata para dejar escapar el
líquido. Entretanto, me fijé en una de las ventanas superiores, que se
encontraba abierta y debía de corresponder al cuarto donde habían acostado al
bebé. Allí estaban Claudia y Armando. Creí que conversaban; mas pronto me
percaté de que en realidad ella parecía estar reprendiéndolo y él, a su vez,
replicaba. No pude evitar reírme. Cómo habían cambiado las cosas desde aquella
tarde remota en la que tuve que darles un tirón de oreja a los dos. El pleito
se detuvo cuando al cabo de unos minutos entró mi cuñada. La vi cargar al niño
y abandonar la habitación con los otros dos. Fue en ese instante cuando me
percaté de que Pelusa, que había acabado su trabajo, me ladraba como para
indicarme que regresáramos adentro.
Tras devolver el perro a su cuarto, fui
arrastrado por mi cuñada hasta la sala. Que Claudia estaba esperándome, que ya
el niño se había despertado. En efecto, Claudia se hallaba en la sala con su
esposo y el bebé, que extendió hacia mí. Lo tomé con cuidado; lo alcé para
contemplarlo bien.
Aun con sus escasos meses de vida, el niño
tenía las facciones muy definidas. Fue como cargar de nuevo al hijo de mi
hermana por primera vez.
Mi mente volvió a aquella tarde de jueves,
con los niños ocultos bajo la mesa, las bocas a punto de juntarse y mi grito
desaprobador.
Hasta ese momento tuve la certeza de que
el tirón de orejas había sido más que suficiente.

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