TIRÓN DE OREJAS 👂

Por alguna razón que no consigo recordar, llegué tarde. La casa estaba a rebosar de invitados, todos ellos muy elegantes (quizá con la excusa de querer mostrarse solemnes ante la ocasión).

La feliz pareja se encontraba en el salón principal, rodeada de varios de los invitados. Ella alimentaba al bebé con su pecho. A él lo reconocí gracias a las fotos que había visto unos días atrás. Contemplaba a la esposa y al bebé desde la parte trasera del mueble. Se le veía risueño, cándido, enamorado de la paternidad. Más allá de ellos había una mesa repleta de regalos. Entre estos estaba uno que se alzaba imponente frente a los demás gracias a su gran tamaño. Procuré colocar el mío, bastante modesto, lo más lejos posible de ese.

A continuación me presenté ante la pareja. Claudia se emocionó como una niña. Que cuántos años sin vernos, que ya pensaba que no iría; que claro que iba a ir, que cómo me lo podía perder; que cambiara de trabajo, que me estaba exprimiendo sin descanso; que sí, que algún día lo dejaría. Su esposo salió apurado a mi encuentro. Se presentó con todas las formalidades que se le ocurrieron. Buscaba mi aprobación; la aprobación del tío favorito de Claudia, el tío Cara-de-Piedra. Mostré un talante impenetrable, como se esperaría de mí en un caso así, y le apreté firme la mano. Entendió perfectamente mi mensaje; lo pude leer en sus ojos azules. Tras el saludo me invitó a tomar asiento con ellos, pero lo rechacé; quería ir a saludar a los afortunados abuelos.

A mi cuñada la encontré en la cocina, su imperio, como ella misma lo llamaba. Órdenes a raudales le salían de los labios acompañadas de sus característicos gestos con las manos. Los cocineros y sirvientes las atrapaban al vuelo para ejecutarlas. En algún momento se le deslizó alguna reprimenda; aunque leve, porque aquel día nada podía dañar su alegría, más que evidente. Pocas veces me había abrazado tan contenta como en aquella ocasión. Que si había visto al bebé, que era una preciosura, que no había una abuela más enamorada de su nieto; que no, que no lo había visto del todo bien, pero que claro que era un bebé precioso.

A mi hermano lo encontré en el patio, fumando tabaco con algunos de nuestros viejos amigos. No pude rechazar la invitación de unírmeles; de todas maneras, tenía tiempo sin fumar, así que me merecía una recompensa. Aquel era el mejor tabaco de su vida, me juró él. No todos los días se fumaba en honor de un nieto, le respondí yo, con lo cual estuvieron de acuerdo los demás.

Más tarde uno de los sirvientes nos indicó que entráramos. Vi a mi hermano apresurarse, seguido de los otros. Yo di una última bocanada antes de hacer lo mismo. Todos estaban congregados en la sala. Era la hora de abrir los regalos, tal como explicó mi cuñada. Los invitados, uno a la vez, debíamos tomar nuestro regalo y abrirlo. Ya que el bebé no se hallaba presente (lo habían acostado en uno de los cuartos del piso superior), solo los padres recibirían los obsequios.

Luego de varios invitados, le tocó el turno a Armando, el hijo de mi hermana Luisa. Supe entonces que el regalo enorme era de él. Con mucho ánimo lo abrió y presentó su contenido ante la pareja: un par de piezas de ropa, un sombrero azul, unas zapatillas; todo de excelente calidad, por supuesto. El esposo de Claudia pareció contento con el obsequio; ella se mostró sorprendida, casi abrumada. Vinieron dos invitados más antes de que fuese mi turno. Tímidamente revelé el juguete que había comprado: un coche de madera más pequeño que un puño. Claudia saltó de alegría al verlo y me lo quitó de las manos. Entre lágrimas me dio las gracias. Había reconocido el diseño del coche, exactamente igual al que alguna vez le obsequié cuando era niña; un regalo que desconcertó a todos en aquella oportunidad, pero que ella adoró. Ninguno de los regalos que vinieron después pudo provocar la misma emoción. Fue un triunfo que saboreé.

Cerca de la medianoche la multitud estaba dispersa. Se habían formado grupos pequeños y grandes que conversaban con las copas en las manos. Algunos -muy pocos- prefirieron sentarse solos. Yo me encontraba de vuelta en la cocina, charlando con mi cuñada. En medio de un mar de conversaciones superficiales pude enterarme de que algunos compromisos de trabajo le habían impedido a Luisa asistir a la reunión. Que los tres hermanos éramos iguales, que a los tres nos gustaba vivir de cabeza en el trabajo; que sí, que lo heredamos de papá, que él siempre nos educó de esa forma. De pronto nos interrumpió un ladrido. Venía de Pelusa, el poodle que mi hermano le regaló en su luna de miel, creyendo erróneamente que sería un detalle espectacular. A esa hora Pelusa acostumbraba ir al árbol del patio para liberar el estómago, acompañado por su dueño. Para evitarle a mi cuñada la búsqueda del esposo, me ofrecí a llevarlo yo.

El perro estaba encerrado en un cuarto del pasillo. Al verme movió la cola, contento de abandonar el cautiverio. Mientras me miraba expectante, me apresuré a ponerle la correa que me habían dado. Segundos después salíamos a la fría noche del patio. De inmediato Pelusa fue hacia el árbol. Lo olfateó, lo rodeó; luego alzó una pata para dejar escapar el líquido. Entretanto, me fijé en una de las ventanas superiores, que se encontraba abierta y debía de corresponder al cuarto donde habían acostado al bebé. Allí estaban Claudia y Armando. Creí que conversaban; mas pronto me percaté de que en realidad ella parecía estar reprendiéndolo y él, a su vez, replicaba. No pude evitar reírme. Cómo habían cambiado las cosas desde aquella tarde remota en la que tuve que darles un tirón de oreja a los dos. El pleito se detuvo cuando al cabo de unos minutos entró mi cuñada. La vi cargar al niño y abandonar la habitación con los otros dos. Fue en ese instante cuando me percaté de que Pelusa, que había acabado su trabajo, me ladraba como para indicarme que regresáramos adentro.

Tras devolver el perro a su cuarto, fui arrastrado por mi cuñada hasta la sala. Que Claudia estaba esperándome, que ya el niño se había despertado. En efecto, Claudia se hallaba en la sala con su esposo y el bebé, que extendió hacia mí. Lo tomé con cuidado; lo alcé para contemplarlo bien.

Aun con sus escasos meses de vida, el niño tenía las facciones muy definidas. Fue como cargar de nuevo al hijo de mi hermana por primera vez.

Mi mente volvió a aquella tarde de jueves, con los niños ocultos bajo la mesa, las bocas a punto de juntarse y mi grito desaprobador.

Hasta ese momento tuve la certeza de que el tirón de orejas había sido más que suficiente.




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