Consciente de que
el viaje se terminó, abre los ojos. Los árboles infinitos a su alrededor le revelan
que está en un bosque; un bosque del que no quedará ninguna huella en un par de
milenios. Mira el cielo; nunca lo había visto tan azul. Casi puede palpar la
pureza del aire con los dedos.
El radar en su
brazo izquierdo empieza a sonar. Una, dos, tres… Múltiples señales, todas en
dirección a él. Sabe que el traje y el casco lo protegerán. Aun así, acerca la
mano a la pistola en su cinturón.
Seres peludos se
asoman entre los árboles. Una discreta humanidad se puede adivinar en sus rasgos,
en las formas bajo los atuendos rudimentarios. Todos se han detenido al verlo.
Susurran entre sí en un lenguaje inentendible.
Uno de los seres
avanza con cautela hacia donde él está, sosteniendo un ramo de frutas. Las
manos le tiemblan cuando lo deja en el suelo. Él da un paso (los seres se
alejan) y camina hasta llegar a las frutas. Las coge; las examina una por una;
recuerda haber leído sobre ellas en los libros.
Ya convencido, presiona
un botón en su pecho, del que sale un rayo que absorbe cada una de las frutas. Al
instante varios seres huyen gritando; los otros se quedan paralizados.
Uno de los que se
había ido regresa, también con un ramo de frutas, y lo coloca delante de él.
Los ramos siguen llegando, acompañados algunas veces de otros objetos. Mientras
tanto, los demás seres se inclinan y hacen reverencias. Los más pequeños se le
acercan con los ojos llenos de brillo.
Él vuelve a mirar
el cielo.
De pronto siente
que puede atraparlo entre sus manos.

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