Cansado de volar, decide sentarse en la rama más alta de un pino. Sus muslos pesados terminan rompiéndola muy pronto; solo las alas lo salvan de estrellarse contra el suelo. Suspira. «Papá tiene razón: debo dejar los dulces», se dice, aun sabiendo que no lo cumplirá.
Retoma el vuelo. Desde el aire contempla el panorama, que parece poco prometedor.
¡Esperen! Un hombre está llegando en helicóptero a la terraza de un edificio. Se baja sonriendo, como quien espera iluminarles el día a los demás. El arquero prepara la flecha, apunta hacia él y la deja salir. Lo impacta en un costado. La sonrisa se esfuma al instante. El hombre sigue caminando hasta una sala con muchas personas alrededor de una mesa. Al entrar se le escapa un manantial frenético de palabras ofensivas. Los presentes bajan la mirada; nada dicen para defenderse de las afiladas acusaciones que reciben.
El arquero busca de nuevo. En un parque lejano ve una joven sentada, aparentemente a la espera de alguien. Vuela hasta allí. ¡Zas!, otra flecha, esta vez al brazo derecho. Justo después se le acerca un muchacho con flores y chocolates. La chica le grita; él se muestra confundido. A continuación le quita al chico lo que lleva en las manos, lo tira al suelo, lo pisotea y se marcha. El chico intenta seguirla, pero una mirada de la joven le hace detenerse.
En una de las avenidas un niño está ayudando a una anciana a cruzar. Con un silbido imperceptible aterriza una flecha en su cuello. El niño se voltea hacia la mujer. Un empujón inesperado de su parte la hace caer al suelo, segundos antes de que una bicicleta le pase por encima.
Con eso bastará. El arquero se aleja hacia el cielo mientras una macabra sonrisa se va extendiendo por su rostro.

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