MR. HYDE, MR. MÁRTIR

Estoy seguro de que Hyde puede parecer, desde el primer momento, una criatura nefasta y vil ante los ojos de cualquier lector. Más de uno se debe de sentir respaldado al notar que los propios personajes de la novela sienten la misma aversión. ¿Pero eso hace que esa impresión sea acertada?

Hyde me parece un mártir muy curioso, en la medida en la que puede adaptarse ese término a él. No puedo negar su maldad ni su aparente indiferencia ante los viles actos que comete dentro de la historia. De sus demás acciones malévolas no hay más indicio que los que sugiere Jekyll en su confesión, ya en la última sección del libro. De cualquier forma, toda su conducta representa una única cosa: el lado oculto del doctor —y he aquí la acertadísima elección del apellido de su contraparte, desde el plano etimológico (un apunte evidente aunque no por ello eludible).

¿Quién es el doctor Jekyll? Un hombre de gran cultura y conocimiento formado en varias profesiones; un arquetipo del hombre exitoso, el modelo cumbre de la alta sociedad. La simple asociación entre un individuo tan bien posicionado con uno tan execrable como Hyde parece una grave ofensa. Por eso Utterson desaprueba constantemente la relación entre ambos, si bien Jekyll lo exhorta a lo contrario. Ni Utterson ni ningún personaje llegan a imaginar la insólita realidad tras ese nexo. En este punto se me podría achacar que, de acuerdo con la lógica de la historia, habría sido imposible que adivinaran algo así. Lo tengo presente, y de ningún modo lo juzgo como incorrecto; antes bien, lo menciono porque es una representación precisa del pensamiento colectivo de todos los miembros de este universo narrativo. En su mentalidad no puede haber ninguna conexión entre dos seres tan dispares. 

Pero, contra toda lógica, Hyde está más cerca de Jekyll que cualquier otro ser: él es el propio doctor.

Hyde es el otro lado de Jekyll, el que oculta por evidentes razones tocantes a la moral. Mas él mismo sucumbe a la tentación de darle rienda suelta a esa mitad tan perversa. Por supuesto, lo hace desde la seguridad de la pócima, pues Jekyll valora su estatus social pese a que Hyde le da una liberación espiritual encomiable. Se establece, así, la lucha entre fingir que es un ser unilateral y aceptar que en su esencia hay dos polos opuestos que se unifican perfectamente en una misma persona. La victoria de Hyde se va haciendo cada vez más clara, hasta que la imposibilidad de hacer una pócima eficaz le da el control absoluto sobre el cuerpo. Es el triunfo literal y simbólico de una realidad innegable, la dualidad de la naturaleza humana.

El humano es una serie de aristas y contradicciones recíprocamente necesarias. Se requieren una a la otra para configurar una psicología que retrate con auténtico realismo a la humanidad. La confirmación de este hecho mediante la dicotomía Jekyll-Hyde es, a mi entender, el más grande acierto de la novela. Con todo, una verdad tan contraria al ideario popular de la sociedad protagonista debía ser callada; es entonces cuando la muerte de Hyde cobra su tinte poético.

El pregonero ha sido silenciado. Sin embargo, no existe continuación alguna a la confesión del doctor. Lo que él revela queda como un testimonio. No hay ningún restablecimiento del orden en el hilo narrativo que disminuya su fuerza. Stevenson, quiero creerlo, utiliza este cierre para encumbrar el mensaje predicado por Hyde por encima de toda esperanza de desmentirlo.

Ahora bien, cabe preguntarse si la creciente fuerza de Hyde es prueba de que la humanidad tiene una natural inclinación al mal. Os dejo pensando en ello mientras vuelvo a sumergirme en el fascinante Londres de la novela.





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