A Pinkie DH
I
Él mira hacia delante. Allí está la inocencia con sus formas perfectas: la esencia a robar para la posteridad. Ella se endereza en el banco. Los labios sonrientes, los ojos serenos.
Él toma el lápiz. En un suave compás traza el armazón. Ella permanece quieta. Su mente se inunda de enjambres de aviones, torres que se derrumban, líquidas avenidas de carmesí.
Él mueve el pincel. Colores brillantes van replicando el busto, los hombros, el talle… Ella mira el caballete. Se imagina el lienzo: un mundo blanco, virgen; un mundo donde dejar una semilla.
Él se asoma. Al notar el rubor de la sorpresa frunce el ceño. Los ojos se le encienden, se le enrojece el semblante; pero no deja ir la musa. Ávido de perfección, prosigue la interrumpida obra. Ella teme. El mudo reproche ha perturbado su psique. Azotes sin piedad, la mano aferrada a su cuello, el éxtasis libre de convenciones…
Él no pestañea. Todo está en frente. Pule las formas, detalla las sombras, matiza la luz.
II
Él ha concluido. La boca orgullosa, las manos casi sin vida.
Ella se acerca a contemplar el lienzo. El resultado le estremece el cuerpo.
La máscara ha triunfado sobre ella.

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