A mi amigo Nestor Rojas
Dentro del poemario Los trabajos del tiempo hay una idea que actúa como ley de
construcción de toda su realidad textual: la muerte como hecho insoslayable
para el ser humano. Esta noción se halla a su vez delimitada por un aspecto que
conviene resaltar desde ya y que encontramos plasmado en la segunda estrofa del
primer poema: “La muerte no habita en nuestros muros, / sino en nosotros”
(p. 9). No se presenta la muerte como un suceso propiciado por agentes externos.
Todo lo contrario, es un habitante interno, un huésped silente con el que vienen
las personas desde su creación. Esta interiorización permite subrayar su
inevitabilidad, pues ¿cómo pueden escapar de ella, si la llevan dentro de sí?
A
lo largo de la obra van apareciendo ciertos planteamientos que juegan con la idea.
No obstante, ninguno de ellos la
desmiente ni niega lo fundamental de su rol.
El
anfitrión no es inconsciente de la presencia de su huésped. Todo el colectivo
está al tanto de él:
Pero la idea del acabamiento total
está allí, latiendo
en nuestras mentes.
Sabemos que la muerte
es nuestro destino común (…). (p. 13).
Pese a ello, aparecen dos posturas opuestas como
reacción a la infalibilidad de la muerte.
La
primera es de lucha. Se pelea contra la muerte, pero no es más que un intento
por “destronar / lo invencible” (ídem). Con este fracaso se reafirma su triunfo,
y su rol como verdad absoluta.
Pasamos
a la segunda postura, de aceptación. El individuo prefiere no rebelarse contra
la muerte, dado que cualquier intento de evitarla será en vano. De allí que la
abuela del poema «No se vive en vano» diga, resignada: “'Vivir para morir. /
Esa es la ley de la vida'” (p. 15). La resignación va aún más lejos, hasta
plantear el morir como algo bueno: “Sabemos que más adelante / nos espera la
muerte. / Pero esa bendición no es nada espantosa” (p. 10).
Desde
luego, existe una clara distancia semántica entre “resignación” y “bendición”.
La justificación de este salto se halla en otra de las propuestas del poemario.
Para
la humanidad la felicidad está vedada: “Toda
una vida / no basta para ser feliz.
/ Pero si fuéramos inmortales / tampoco lo seríamos” (p. 29 [en cursiva
en el original]). Tan insoslayable como la propia muerte es la desdicha, contra
la cual no hay eternidad que permita hallar una solución. En este panorama de
impotencia, la primera pierde su tinte negativo, y adopta un aura esperanzadora
de liberación.
Mientras
tanto, el mundo continúa su avance. Hay en la naturaleza una constante
indiferencia ante la mortalidad humana. Pareciera estar exenta de todo fin
corporal. De este contraste quizás el mejor ejemplo lo encontramos en
«Reflexión sobre el otoño»:
He visto estos días
a los árboles
despojarse de sus hojas.
Para ellos
vendrá una primavera (…).
Pero nosotros (…)
cuando morimos
nos deshojamos
para
siempre. (p. 14).
Tal
como los árboles se mantienen en pie, el sol sigue saliendo y la tierra continúa
girando. Pero esta aparente independencia respecto a la muerte no llega a ser real:
“Todas las cosas del mundo / acaban, / transformadas”, nos dice el poema «Limitaciones»
(p. 38). Por consiguiente, es más acertado decir que la naturaleza no afecta ni
se ve afectada por la mortalidad de los seres humanos.
EL CAMBIO DE ESTADO
En
Los trabajos del tiempo la muerte
tiene un significado que va más allá del acabamiento absoluto. Para ser más precisos,
morir es más un destierro de la vida. Se trata de un cambio de estado
irreversible (si bien en algunos poemas parece jugarse con la idea contraria,
sin acabar de demostrarla), lo cual abre la puerta a una consciencia póstuma. A
fin de darle una base lógica a esa consciencia se incorpora la noción de “alma”,
esencia común a toda la humanidad.
Cuando
alguien muere “su alma vuela y se dispersa” (p. 11). El alma da paso a que se
pueda vivir experiencias más allá de la muerte. Algunos de los poemas se
centran en retratar este aspecto, mientras juegan con diferentes posibilidades.
En todo caso, el destino concreto de las almas no supone un punto de interés
para quienes continúan en el lado de la vida; de todos modos, les es imposible
conocerlo. Por esa razón desde su perspectiva se habla de “acabamiento”; en
realidad, es una transición a un nuevo ciclo, sin opción de retorno al
anterior.
LA CARTA DE ESPERANZA
Ante
la inminencia de la muerte se le presenta al humano una vía para conseguir la
inmortalidad que le ha sido vedada por ley natural: la poesía. Dentro de la
obra el oficio poético es constantemente referido y asociado con la idea del
no-acabamiento.
La
escritura aparece como reconocimiento del propio yo y como cuestionamiento de
la vida. Pero es primordialmente un medio de consagración de cara al tiempo.
Por eso la voz de «Aspiración de un pesimista» nos dice: “Anhelo encontrar las
palabras / que me son necesarias / para no morir del todo” (p. 19). Aunque el
poeta muera, sus poemas “remontarán la cuesta. / Conocerán el jardín de fuego /
de la eternidad” (p. 26).
En el marco de este planteamiento nos topamos con
Homero, que aparece asociado con la capacidad de soñar. En «Ulises pregunta a
Homero» la voz poética hace alusión a ella, mas no con el
sentido de “descansar” o “reposar”, sino el de “crear”. Mediante esa capacidad
Homero fue capaz de idear la Ilíada y la Odisea, si bien en el poema se refiere
solo la segunda (detalle comprensible en vista de que Ulises es quien habla
dentro del texto). Así, Homero “soñó” la
Odisea. Esta capacidad, ejemplificada en el padre (no olvidemos lo que
significa Homero para la poesía universal), se extiende, quizás por defecto, a
todo el linaje de poetas. En esa línea va dirigido el apóstrofe de «Con la cabeza
hundida entre tierra y cielo»:
Y mientras suben las señales de humo (…)
¿qué haces tú ensimismado,
qué nuevos mundos
descubres
en los espejos de la ensoñación?
Despierta,
despierta, poeta bobalicón (…).
(p. 12).
En
la figura del poeta el sueño es el símbolo de su proceso creativo. A través de ese
proceso construirá el mundo de versos que lo sobrevivirán, tal como Homero
cuando soñó sus textos.
REFERENCIAS
Rojas,
N. (1996). Los trabajos del tiempo.
Aragua, Venezuela: Ediciones Secretaría de Cultura del Estado Aragua.

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