EL CONDENADO

El hijo mayor entra a la casucha, aún sin el ataúd, la cara deshecha por el llanto. Camina hacia la sábana rota en el suelo, junto a la que aguardan taciturnos los otros dos hijos.

—No alcanzó —le dice al cadáver de su padre, apretando entre las manos la pequeña bolsa de monedas—. Lo siento.

Sus hermanos rompen a llorar. Alrededor solo queda la huella de los objetos vendidos.

—Está bien —contesta el padre mientras se incorpora—. ¡Bendita vida!

Los tres se abalanzan sobre él. Ya no saben por qué están llorando.

La lluvia que entra por los agujeros del techo va llevándose los restos de la descomposición.




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